El corte

Los aviones están fatal; no se si es por culpa de Bin Laden, de George Bush o por las tiendas de los aeropuertos que exprimen el aburrimiento. Hace diez años había tres vuelos diarios entre Buenos Aires y Posadas; hoy vuela solo uno. Con suerte y a las cansadas te lleva el día viajar esos 1.000 kilómetros. Los altavoces demoran los aviones con dulzura sensual y los reprograman como si fuera cuestión de ñoquis por arroz con pollo. En la Argentina la red ferroviaria era tupida y sólida hasta que un iluminado desamortizó en dos meses la inversión de cien años. Se pudrieron los durmientes y herrumbraron las vías, los terraplenes criaron lechuzas y los puentes se volvieron muelles de pescadores y los túneles abrigaron vagabundos y las estaciones humillaron su pasado británico de cenefas y campanas.

Será por eso que los autobuses de larga distancia son jumbos de dos plantas que vuelan por la llanura con luces de neón. Los asientos regordetes se tumban como la primera clase de Lufthansa y las azafatas se afanan con platos de ravioles y canilla libre de champán. En los ómnibus se duerme con el abandono soporífero de las carreteras de llanura y girasol: nada que hacer más que rodar y leer y dormir y rezar y mirar cómo se pone el sol y cómo vuelve a salir con medialunas calientes y manta escocesa y otra película más.

Poco después de Semana Santa viajé de Posadas a Buenos Aires en un meteoro cornigacho de doce ruedas. Me despertaron pasos en el pavimento y un murmullo lejano cuando amanecer se colaba por el velcro de las cortinas. Llevábamos horas trabados en un corte de ruta, cerca de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos: parados en medio de una vía láctea de autobuses alumbrados por el sol oriental. En la otra mano de la ruta la cola de camiones descansaba a la sombra de los autobuses. Sus conductores tomaban mate o paseaban comentando las formidables bondades de sus cargueros de largo aliento. Caminé un rato entre las dos filas y por las banquinas y llegué hasta el piquete que represaba el tránsito con rastras de carpir. La encuesta de opinión pública me dio nadie enojado. Ya sumaban unos quinientos cortes en todo el país en contra de las retenciones a las exportaciones agrarias decretadas por el gobierno central para recaudar, recaudar y recaudar.

Los cortes del campo contra el gobierno duraron 21 días. La pulseada crecía a ritmo de crispaciones. Faltó la carne y la leche en los supermercados. No había queso ni dulce de leche ni frutas ni verduras ni helado de limón. El aceite a litro por cabeza y los combustibles solo de a 50 pesos y nada de tarjetas. Los barcos fondearon en fila en las bocas de los puertos y a cada discurso amenazante de la presidente, miles de personas contestaron golpeando sus cacerolas por las calles de las ciudades. Nadie lo organizó ni se subió a la ola del descontento.

La Argentina parece huérfana de destino, pero lo que necesita es tiempo y un poco de paciencia. Quizá el campo le regale al país otro Justo José de Urquiza, el estanciero entrerriano que se opuso al poder central de Rosas en 1850 y fundó el país próspero y federal que alimentó al mundo hasta mediados del siglo pasado. Mientras aparece hay que seguir sembrando, pero para alimentar la manga de langostas que desde entonces devora su esperanza.

Escarabajos

La Gendarmería Nacional incautó 1.600 escarabajos en la localidad de San Pedro, provincia de Misiones. El operativo se realizó sobre la ruta nacional 14, a 240 kilómetros de la ciudad de Posadas, donde se detuvo a dos chilenos, presuntos integrantes de una red de traficantes de animales. Los acusados recorrían pueblos y parajes selváticos en busca de ejemplares demandados por coleccionistas privados radicados en el exterior. Las autoridades allanaron la vivienda de los chilenos, quienes integrarían una ONG ambientalista. Mauricio Olivera, un vecino de la zona, declaró: “Todos sabíamos que esta gente pagaba hasta 150 pesos por cada cascarudo vivo”. En la provincia de Misiones está prohibida la caza de animales nativos, incluida una amplia variedad de insectos que habitan en el monte. Los escarabajos secuestrados tendrían un valor de 100.000 dólares. Palabras más, palabras menos, la noticia apareció en los periódicos de Buenos Aires; lo que no cuenta es que los escarabajos incautados eran grandes como palomas.

Soy genocida de insectos en las carreteras misioneras. Lo cometí con mi auto japonés que queda perdido de bichos estrolados en toda la carrocería. También gorriones y hasta ranas, que un verdugo remata en el lavadero con su mortífero chorro a presión. Entre la lluvia de meteoritos que atravieso de noche en la ruta me espanta algún naranjazo que se revientan contra el parabrisas: son escarabajos como los incautados por la gendarmería. También hay langostas como cigarros Montecristo número dos. He estrellado contra mi coche millones de dólares.

Además de escarabajos de oro como el de Poe, me he encontrado con insectos de porcelana china, de lapislázuli y también esmeraldas de seis patas. Los sanjorges son rubíes de fuego y carbón dispuestos a terminar con todas las arañas. Y hay dijes más baratos, como las vaquitas de San Antonio, siempre querendonas: alguien ya inventó el ámbar sintético que las petrifica para pendientes y chupetines. Los aguaciles parecen sikorskis y las luciérnagas robinsons que patrullan la noche. Los mamboretás son origamis de papel glacé que entienden castellano.

Cuando se ponen molestos, los bichos me recuerdan a mi abuelo el general. Creo que era teniente durante la guerra de África -por los años 1920 - cuando apagaban la luz para no ver los insectos que caían en el rancho: vivió hasta los 94 con unas cuantas batallas en el medio. Tampoco al Bautista le cayeron mal las langostas del desierto. Algunos insectos se comen con placer en señalados sitios de América. Hormigas culonas, chapulines y gorgojos son nutritivos y hasta curan enfermedades. Ya ordeñamos a las abejas para alimentarnos con su miel y explotamos a los niños de las mariposas para vestirnos con su seda. Comeremos ensalada de pirpintos y budín de larvas de termita. Algún día cultivar hormigas será como sembrar chauchas.

Si nos rocían un frasco entero de insecticida caemos como moscas: nos salva la proporción, pero un poco morimos cada vez que inhalamos pesticidas y repelentes. Las autoridades persiguen a dos chilenos por comprar escarabajos (o porque los incautos no aceitaron el negocio con algún gendarme), mientras protegen a los que los matan con la guerra química que deja tullidos a la mitad de los colonos que cultivan tabaco. Todo para evitar que langostas y pulgones se almuercen las hojas que otros se fuman sin ningún remordimiento.

La lluvia

La provincia de Corrientes está bañada por esteros interminables. La tierra firme es una sabana de palmeras y pequeños bosques de monte nativo que llaman capones. Cuando no hay palmeras ni monte, el paisaje se vuelve una llanura de agua a veces hasta el horizonte. Engañan los camalotes y juncales. Los embalsados son islas flotantes, tierra que viaja, con pasajeros inocentes como carpinchos y venados. Hay quienes vieron pasar hasta ranchos con su dueño. En la Villa Adelaida, cerca de Santa Rosa, el agua tiene gusto a hierro, la tierra es arena colorada y en verano hace un calor dulce y espeso: huele a dátiles, a zapallo y a choclo, como una lejana carbonada. En cuanto llegábamos a la estancia, la cocinera se ponía a hacer dulce de leche para todos: su hija revolvía horas la olla donde se cocía la leche con azúcar, siempre en el patio. La minoría es la casa de los peones y la mayoría la del patrón. En las estancias correntinas la cocina es un edificio aparte, como un polvorín. El charque se ahúma en el techo al resguardo de las moscas.

Los chicos de la casa odiábamos la siesta porque nos obligaban a dormir. Ahora pienso que era una artimaña de los mayores para no preocuparse por nuestras diabluras mientras ellos roncaban a pata suelta. Todos los días inventábamos una fórmula para burlar la estricta custodia de María Luisa, la tía viuda por cuyo cuarto debíamos pasar para escapar a la libertad. A esas horas el calor pesaba como un muerto. Nos metíamos en los secaderos de tabaco y armábamos unos cigarros descomunales enrollando las hojas: la sensación de libertad se multiplicaba a cada pitada que dábamos con los ojos medio cerrados por el humo. Todavía me zumba en los oídos la conversación de las chicharras en la siesta correntina: cuando se callan oigo el murmullo intermitente de las palomas.

A la tardecita, cuando el sol aplacaba su castigo, nos íbamos a la laguna. Antes de meternos en el agua debíamos espantar las palometas. Removíamos el agua a pedradas desde la costa y de paso ahuyentábamos también algún yacaré que se movía perezoso hacia otro lugar donde pasar la noche. El agua estaba rica y el vértigo de ser mordidos ni nos preocupaba mientras estuviéramos en movimiento o en la balsa que no terminábamos de componer: las palometas son pirañas solitarias que muerden bravo a los animales. El resto del día lo pasábamos arriba del caballo, casi siempre acompañando a los peones en su trabajo: arrear ganado, cortar y acarrear dátiles para los chanchos, buscar sandías, pesar balas de tabaco... Un día arreamos de vuelta a casa a los gansos que habían escapado al otro lado de la laguna. Los sapos cururú son compañeros solemnes en todas las galerías correntinas y a la noche se atolondran debajo de las lamparitas a zamparse miles de insectos idiotizados por la luz.

Ese verano hubo seca. El calor apretaba y bajaba el nivel de las lagunas. Cuando la situación se volvió crítica, María Luisa nos convocó a todos a rezar el rosario para pedir agua al Cielo. Nos sentamos en círculo a la sombra de un chivato: vinieron también los hijos de los peones y del servicio de la mayoría. En el cuarto misterio cayeron las primeras lágrimas pesadas en la arena picada de verdolagas. Subía el olor narcótico de la lluvia cuando nos refugiamos en la galería del diluvio que organizamos con avemarías. Entonces María Luisa empezó el quinto misterio.

Huáscar

Debió ser en enero de 1986. Visitaba el diario El Mercurio de Santiago de Chile en su nueva sede de Lo Curro. En el despacho del director –que no estaba– me quedé embobado con una maqueta bastante grande de un combate naval que adornaba la sala desde una caja de vidrio: un velero y un vapor blindado trabados en batalla. Años después visité El Mercurio de Valparaíso y entonces supe de la afición del director por las representaciones del combate de Iquique: estaban por todos lados.

El 21 de mayo de 1879 el capitán Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, abordó sable en mano el monitor peruano Huáscar en el momento mismo en que lo hincaba al medio con su espolón de proa en la bahía de Iquique. Prat fue muerto cuando avanzaba hacia la torreta de mando del almirante Miguel Grau. La Esmeralda se hundió después de la tercera arremetida del Huáscar que la partió al medio. Murieron 135 chilenos y un solo peruano que asomó la cabeza por una escotilla. Mientras el Huáscar se afanaba en rescatar del agua a los sobrevivientes de la Esmeralda, otros dos buques se enredaron en su propia escaramuza. La cañonera chilena Covadonga (había sido tomada a los españoles en 1865) y el Independencia, otro blindado peruano, que tenía órdenes de Grau de seguirla en su escapada hacia el sur. Rajaba a toda pastilla con apenas 412 toneladas, rascando el fondo, casi en la rompiente de Punta Gruesa. La Independencia era mucho más veloz y cuatro veces más pesada. Cuando estaba a punto de alcanzarla se topó con un risco que le cortó la quilla como un abrelatas. La Covadonga viró en redondo y se cebó sobre la Independencia que chapoteaba impotente, ensartada en el risco. El comandante de la Covadonga tenía dos primos peruanos en la Independencia. Después de Iquique y Punta Gruesa, el buque insignia de la armada peruana siguió su singladura de guerra al mando de Grau, pero todos dicen que la Guerra del Pacífico se ganó y perdió ese día. El 8 de octubre el Huáscar se enfrentó en Punta Angamos contra la flota chilena que lo acorraló y se lo llevó como botín de guerra antes de que los peruanos pudieran hundirlo. En plena batalla una bala de acero de 250 libras encontró a Grau en la torre de mando y lo desparramó por la misma cubierta en la que muriera Prat el 21 de mayo: era de esos militares que pelean a cuerpo gentil y sin siquiera esconder la cabeza entre los hombros.

El Huáscar flota todavía en la bahía de Concepción, al sur de Chile, cerca de la Base Naval de Talcahuano. Es un buque museo, como tantos, pero no está amarrado sino fondeado en la rada: se llega en un bote que traslada a los visitantes desde el muelle. Se lo puede ver todavía gallardo a unos 300 metros de la costa. Subí a bordo con el recuerdo intacto de mis visitas a El Mercurio. Es un monumento al coraje y a la hidalguía con que se enfrentaron hasta parientes de las marinas de guerra de Chile y el Perú. Homenaje a la hermandad singular de dos pueblos de América. Muchos de ellos habían peleado juntos contra la flota española en Valparaíso y El Callao doce años antes. Al llegar a cubierta la emoción es un cañonazo que se mete en la barriga. De los mil episodios de la Guerra del Pacífico, el Huáscar los resume a todos y es suficiente para recordar el valor con que combatieron dos pueblos y dos caballeros cuyos abuelos pasearon por los mismos malecones del mediterráneo español.

Naufragio

El canal Vinculación une los ríos San Antonio y Luján en el Delta del Paraná, apenas a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires. Es el camino obligado para los yates, barcos y lanchas que salen de los puertos de San Fernando y Tigre hacia las islas del Delta: un inmenso laberinto de ríos y arroyos que forman el Paraná y el Uruguay antes de convertirse en el Plata, que los conquistadores llamaron Mar Dulce porque no podían creer que esa enormidad fuera un río. El Delta es otro mundo surcado por embarcaciones: lanchas veloces, yates de crema pastelera con señores solemnes tocados de capitán, chinchorros, balandros, veleros al viento con sus spinakers, genoas, foques y mayores. El espectáculo del Vinculación en las mañanas soleadas de los fines de semana es para alquilar balcones (o cubiertas): ahí navega con sus gallardetes al viento la flor y nata de la crisis argentina. El canal es un concurso de estelas que provocan una marejada capaz de hundir al Poseidón.

Una linda mañana de domingo de agosto de 1982, salí a remar con Félix Racca, un amigo poco náutico pero bastante aventurero. A pesar de ser pleno invierno no hacía frío. Entonces era socio del Rowing Club, un club de regatas muy inglés, situado sobre el río Luján, en el Tigre. Salimos en un doble par con timón, pero no llevábamos timonel. Es que también íbamos con una agenda secreta y prohibida: en esos días ensayaba una vela de quita y pon para travesías más largas por el Delta del Paraná. Para eso necesitaba el timón y toleteras que me permitieran fijar los obenques. El palo estaba desarmado en segmentos que se encastraban y cabía, junto con la vela, en un bolso en el que también llevaba algo de comida y un abrigo.

A pesar del buen tiempo ni se nos ocurrió que aquel domingo saldría tanta gente a navegar. Quizá por eso nos metimos en el Vinculación en lugar de remar por riachos más calmos rumbo al estuario del San Antonio, que era nuestro destino. El canal se llenaba de barcos y la marejada entraba por las bordas sin darnos tiempo a achicar. En segundos el bote se llenó de agua y se dio vuelta. Flotaba pesado y desarmado entre las estelas y los barcos que surcaban el Vinculación sin siquiera mirarnos. Por fin un yate se acercó: el piloto nos echó un salvavidas atado a un cabo del que se agarró Félix, mientras yo intentaba recuperar las partes del bote que flotaban por el agua: remos, carritos móviles, timón, bichero... temía el reto que me daría el capitán del club si perdía algo. A duras penas conseguí darlo vuelta y meter todo adentro del casco anegado. Llegué hasta la orilla como un condenado a trabajos forzados. En la isla achiqué el agua y lo volví a armar. El bote se salvó completo, pero la vela, la ropa y los sandwiches se fueron a pique. Volví al agua a reunirme con Félix que esperaba tomando algo caliente en el yate que había fondeado cerquita.

Amarré el bote al yate y subí a cubierta. Félix me hacía gestos con los ojos pero no lograba descifrar su mensaje. Nuestro anfitrión era el Jefe de la Armada Argentina que paseaba con su mujer; un barco de la Prefectura lo custodiaba discreto. La Guerra de las Malvinas había terminado dos meses antes y el almirante había sido el principal impulsor de la reconquista de las islas: una gesta que abusó del sentimiento de los argentinos para perpetuar una dictadura en retirada. El General Galtieri le había comprado la estrategia que, si salía bien, lo subiría al panteón de los próceres y lo mantendría en el sillón de Rivadavia por unos cuantos años. Con papas fritas de paquete y un vinito reparador el almirante nos contó que, después del hundimiento del viejo crucero General Belgrano, decidió guardar la flota en puerto. Confirmé entonces que habíamos peleado una guerra naval mezquinando la flota para no hundirla. Para colmo el almirante nos dijo también que habíamos estado a punto de ganar la guerra: ahora sabía que si aguantábamos unas horas más los ingleses se retiraban vencidos...

El único que seguro no gana la lotería es el que no compra billetes. No usé esta metáfora, pero dije algo parecido y cambiamos de tema para no arruinar la hospitalidad. El almirante no podía ignorar que las guerras se ganan matando y muriendo. Al final de las batallas los valientes que pierden y sus buques están más cómodos en el fondo del mar que en la vergüenza del puerto. Casi no quedaron aviones de combate en la Argentina al final de la guerra, mientras que la Armada solo perdió un crucero que se había salvado de Pearl Harbor en 1941 y un pequeño aviso. El almirante lo sabía 40 años antes, cuando preparó el primer plan de recuperación de las Malvinas. ¿Porqué guardó la flota? Muchos sospechan, pero ya nadie lo sabrá porque murió el 9 de enero de 2008.

Igual le debo el salvataje. La ropa que nos prestó se la devolvimos limpia con un ramo de flores para su mujer unos días después del naufragio.

Bote de pimientos

La anteúltima vez que estuve en casa de los Ramírez en Madrid comimos pimientos rellenos. Los cocinó Pablo mientras Mica cuidaba de Gabriela, recién nacida. Tanta habrá sido mi admiración que Pablo me regaló un bote ahí mismo. Era un frasco de conserva, cilíndrico y con tapa de latón, lleno de pimientos del Piquillo apretujados en aceite de oliva.

En ese mismo viaje almorcé con Carlos Soria en Puente la Reina, donde probé, una vez más, esas lenguas de Lenín y terciopelo acomodadas en el plato como una flor de Navidad. En Tarragona me volví a encontrar con los pimientos cuando cené con Toni Piqué en un gracioso restaurante que no tiene cocina sino abrelatas y sacacorchos: solo dan comidas en conserva con estupendos vinos de la tierra. Llegué de nuevo a Madrid con el tiempo justo para subirme a un Easy Jet que me dejó en Londres. Los pimientos de Pablo siguieron viaje en el fondo de la maleta y me acordé de ellos cuando desempaqué en casa de Alfredo Triviño.

Olvidé el frasco en un cajón, debajo de una cama sofá que tienen en la sala de estar. Allí los había puesto al llegar, al abrigo de los juegos que sus niños, que entonces eran dos. Me di cuenta en Buenos Aires cuando los eché de menos unos días después de llegar. Le advertí a Alfredo que allí seguirían para que dieran cuenta de ellos, pero al ver la fecha de vencimiento decidió que había tiempo para comerlos juntos en otro viaje.

A fines de noviembre regresé a Londres sólo por unas horas para ver a Pelle Tornberg. Perdí casi todo el tiempo en volver por un paraguas prestado que dejé en el guardarropa de la National Gallery, donde me refugié del aguacero de las once. También perdí mi teléfono: lo recuperé en la catedral de Westminster cuando volvía a la estación Victoria a tomar el tren a Gatwick. Me esperaba custodiado por un guardia que en ese momento almorzaba un estupendo sandwich a dos manos en su oficina debajo de la torre. Me señaló con el dedo meñique el cajón de su escritorio donde guardaba objetos perdidos, casi todos anteojos que claman por sus dueños como mascotas desamparadas.

Volvía con los pimientos en mi mochila. Pero en Gatwick resolvieron que era una peligrosa bomba de tiempo. En lugar de fusilarme, me mostraron un gran cesto donde podía dejar el bote para que algún artificiero de la policía secreta británica arriesgara su vida entre pomos de crema antiage y desodorantes en aerosol. No pensaba desprenderme de los pimientos ni en broma, así que volví sobre mis pasos para despacharlos como equipaje en el mostrador de Easy Jet. Improvisé el embalaje con unos pedazos de cartón de una caja vieja y el pegote para identificar las maletas. Una azafata mofletuda y anaranjada me entregó el resguardo entre solemne y divertida y dejó mi bote en la cinta transportadora. Llegué al avión cuando cerraban la puerta y me senté como pude entre dos gordas que comían galletitas sin parar. En Madrid me reencontré con mis pimientos, que ni explotaron ni se convirtieron en Allien: aparecieron entre unas maletas en las que cabía Bin Laden en carne mortal.

Todavía faltaba la prueba de fuego: el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Unos perritos bastante ridículos de la temible Senasa -la Stasi de la bromatología local- correteaban entre las maletas a contracorriente de la cinta giratoria. Descubrieron butifarras y ensaimadas que los agentes secuestraron implacables ante el llanto de sus dueños. Después vino el escáner de la aduana, buscador de tecnología de punta mal habida. Un fisgón de pantalla encontró el frasco escondido entre mi ropa arrugada y me ordenó que abriera la valija. Fue directo al bote con su mano enguantada de paramédico y me lo mostró con aire pícaro y hambre de pimientos. Le conté la historia y me perdonó la vida. Un buen día nos los comimos en mi casa de Buenos Aires rellenos de carnecita y bechamel.

Sarah Hellen

Llegué al Lima unos días después del terremoto que desparramó por el suelo a la ciudad de Pisco. Duraba en los limeños el susto tremendo de aguantar casi dos minutos de sacudón y no podían hablar de otro tema. Seguían los remezones y réplicas, que tienen también lo suyo: el más fuerte lo sentí todavía en Guayaquil, una noche en que el hotel se movió como si fuera de bambú.

Dice la enciclopedia de los sismos que el del 22 de mayo 1960 en Valdivia, Chile, fue el campeón mundial de los terremotos, con 9.5 de la escala de Richter: desaparecieron islas, otras surgieron, los ríos cambiaron de cauce y el mar se retiró por algunos minutos para volver en una ola de doce metros que destruyó lo que quedaba. Murieron 1.600, 3.000 quedaron heridos y dos millones en la calle. El maremoto provocó, además, 138 muertes en el Japón, 61 en Hawai y 32 en las Filipinas. Lo comparaba Charles Richter con una explosión de 260 millones de toneladas de TNT, pero a esas alturas da igual contar dinamita, martillos neumáticos o alfajores de dulce de leche.

Durante el terremoto se vuelven cómicas las recomendaciones reglamentarias pegadas en algunas paredes: “lugar seguro en caso de sismo”: nadie explica para qué sirve una columna de hormigón en un piso 19 cuando se desploma el edificio. Además, todo depende de a dónde a uno lo pille: siempre es peor en el Tercer Mundo que en el Primero. En Japón antes morían como moscas y ahora son bloopers para la televisión. En San Giuliano di Puglia en 2002 murieron 26 niños en una escuela mal construida. El tsunami de Sumatra de diciembre de 2004 se llevó 283.000 almas. En Pisco 150 pasaron a la otra vida durante un funeral porque se les desplomó el techo de la iglesia. Van por 517 muertos cuando esto escribo y todavía suenan móviles entre los escombros de un hotel. Además se derrumbaron todos los pabellones del cementerio porque nadie los construye antisísmicos...

Todos menos uno: el que aloja en su séptimo nivel a Sarah Hellen, una bruja inglesa que fue enterrada en Pisco porque en su tierra la despacharon como una carga radioactiva. En pleno Lancashire los civilizados ingleses ajusticiaron el 9 de julio de 1913 a tres hermanas por asesinato, brujería, vampirismo y magia negra. Una de ellas prometió resucitar 80 años después y vengarse de todos los descendientes de sus acusadores. Asustados por la amenaza prohibieron enterrarlas en el cementerio local y así empezó el calvario de su viudo que terminó en 1917 en el puerto de Pisco, donde las autoridades le dejaron enterrarla cristianamente, previo pago de cinco libras. En 1993, al cumplirse los 80 años de su asesinato, los habitantes de Pisco se organizaron para esperar a Sarah y rematarla con estacas y cruces, no fuera que al volver a la vida confundiera Pisco con Blackburn y pagaran justos por pecadores. No resucitó, y fue entonces que los pisqueños empezaron a rezarle y a pedirle favores. Hoy, después del terremoto, su tumba tiene siempre flores frescas y exvotos agradecidos. Así es la América mestiza: los ingleses se lo pierden.

Día del Periodista

En la Argentina se celebra el Día del Periodista al cumplirse el aniversario de La Gaceta de Buenos Aires, el periódico fundado por Mariano Moreno el 7 de junio de 1810, días después de la Revolución de Mayo que derrocó al virrey Cisneros. Moreno era un jacobino roussoniano, un poco resentido, que estudió Leyes en Chuquisaca. Murió el 4 de marzo de 1811 en la goleta inglesa Fame cuando viajaba a Londres a buscar apoyo para la Revolución. Su hermano Manuel, que viajaba con él, siempre sospechó que el capitán del barco le dio arsénico en lugar de un vomitivo. Su cuerpo terminó en el fondo del mar envuelto en la union jack.

En Posadas se hizo tradición entre los periodistas celebrar a don Mariano Moreno enfrente de un busto que lo recuerda en la avenida Mitre. Pero en estos tiempos jorobados para la libertad, aquel sencillo acto fue copado por el sindicato de los "trabajadores de prensa" de Misiones, dominado por amigos del gobierno. El día anterior llegó al diario un fax con la invitación a un extenso programa en el que figuraba el Himno Nacional, interpretado por la banda de la Policía de la Provincia que espía nuestros teléfonos, asistencia de colegios para que haya público, oración de un cura con apellido polaco. Todo regado con discursos del secretario general del sindicato, del intendente de la ciudad y del presidente de la legislatura provincial. Colocarían, además, ofrendas florares a los pies del prócer. Periodistas no aparecían por ningún lado.

En el diario decidimos anticiparnos y nos complotamos para madrugarles el acto. Nos reunimos a las ocho de la mañana, con unas flores y sin más preámbulos ni música que nuestra presencia. Con el fotógrafo sumamos nueve personas. Muertos de frío y divertidos por los chistes de dos de nosotros -humoristas gráficos- nos hicimos la foto delante del monumento a Mariano Moreno. Antes limpiamos un poco el lugar con una escoba vieja que encontramos allí mismo. Mientras esto hacíamos llegó un camión con empleados municipales a instalar los equipos de audio que retumbarían las palabras de los funcionarios una hora después: ellos fueron nuestro público. La noche anterior obreros de la intendencia pintaron de blanco el busto de Moreno: los brochazos de cada año engordan al prócer y borran sus rasgos. La placa que recuerda su nombre a los transeúntes casi no se lee por la pintura que se acumula entre sus letras.

Nos divertimos todo el día imaginando el acto de los funcionarios. Cuando llegaron, descansaba a los pies de Mariano Moreno un ramo de flores de El Territorio y otro de la revista de humor Mbarigüí. No asistió el presidente del parlamento provincial, el mismo que prohibió las reuniones de más de dos personas en la legislatura. El intendente de Posadas bramó por altoparlantes en contra del gobierno provincial. Le retrucó el subsecretario de gobierno, responsable del robo de miles de documentos para cometer un fraude flagrante en las últimas elecciones. También escupió palabras inconexas el secretario general de sindicato, en nombre y representación de su propio bolsillo... Hasta leyeron un mensaje del gobernador, un déspota que intentó modificar la constitución provincial para morir en el poder. Al final se aplaudieron con codicia y se fueron a desayunar chocolate con medialunas.

La billetera

Viajé de Guayaquil a Lima a la tarde del 26 de agosto, cuando ya anochecía. Llegué a las 10 de la noche y seguí viaje a San Isidro en un carro de la radio que me fue a buscar al aeropuerto y me acercó hasta un departamento en la avenida Angamos y Francisco Tudela. Cuando llegamos, cerca de las doce de la noche, no había portero ni nadie que supiera qué hacer para entrar. El chofer era un tipo divertido y metedor, de esas personas que uno contrataría para lo que sea. Debía tener ganas de irse a dormir porque apretó sin remilgos todos los botones del intercomunicador de la puerta de calle. Solo contestó una señora que le dijo con una paciencia de santa que no había portero ni modo de abrir ese departamento que no fuera con la llave. Llamé por teléfono a la radio: en la guardia tenían un sobre con mi nombre. Fuimos para allí. Adentro del sobre de papel manila había un mapa, un juego de llaves y 400 soles. Después de varios intentos conseguí abrir la cancela y despedí al coche y a mi amigo el chofer. Pero en la puerta del 3º A, no hubo caso: no pude abrirla ni girando la llave a la inglesa o a la francesa. Por hacer palanca casi la rompo. Maldije la idea de mis anfitriones de instalarme en un piso para ahorrar un poco de plata: un hotel es tanto más hospitalario para una visita de pocos días.

Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel. No pasaba ni un alma por la calle así que me disponía a buscar en el mapa cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. Antes de llegar al hotel -que ahora se llama Sonesta Posada del Inca El Olivar- cometí el error de contárselo al taxista. Me porfió que debía dársela a él y que era su botín: había aparecido en su auto y por tanto era suya. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos las cosas son del que las encuentra solo si no son robadas ni perdidas y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Además, en todo caso era mía por haberla encontrado, aunque fuera en su carro. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la mañana cuando le pedí intervención al agente de seguridad del hotel ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. El hombre me dio la razón y se las arregló con el chofer. Por suerte había lugar en el Sonesta, por 200 dólares que me chuparon de la Visa para dormir cuatro horas. Le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera, se la dejé y me fui a dormir agotado. A la mañana la conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.

Al día siguiente saqué mis cosas del hotel y volví al departamento. Me recibió la dueña que ya estaba adentro y a quienes habían advertido de mi percance. Aseguró que la puerta se abrió sin problemas, pero nunca le creí: pudo entrar por la puerta de servicio de la que yo no tenía llave. Una traba de hierro que cruzaba de lado a lado estaba levantada. La señora había abierto todas las ventanas y corría un viento helado por adentro del piso. Cuando empecé a cerrar las ventanas se molestó un poco. Por fin, cuando se fue, terminé de cerrarlas. Entonces me di cuenta de que el departamento olía a pis de gato.

El periodista de los apagones

En el año 1983 Sendero Luminoso comenzó a atentar contra las torres de alta tensión que alimentan de energía varias ciudades del Perú. Muchas noches Lima quedaba en tinieblas, oscura como la sombra del carbón. No solo falta la luz cuando no hay energía eléctrica: no hay televisión, ni agua, ni calor, ni frío, ni semáforos, ni radares, ni lanzaderas, ni rotativas, ni los millones de zumbidos que arrullan los oídos en las ciudades. La negrura atrapa en lugares insólitos: en la ducha, en un ascensor, en el quirófano... algunos se mueren porque la energía no les marca el paso. Las heladeras pierden sentido y la comida se echa a perder. Cierran las oficinas, las tiendas, los bares y algún vivo se roba lo que puede del supermercado. Por las calles deambulan quienes intentan volver a sus casas a tientas y tropezones. En la oscuridad absoluta no se sabe qué pasa ni qué hay que hacer. Los que están en su casa no se atreven a salir y solo les queda la zozobra de esperar al marido, a la mujer o a los hijos. No había teléfonos móviles entonces, pero sin energía en las antenas tampoco hubieran funcionado. Muchos limeños, aterrados, se hundían en la ansiedad. A las tinieblas se agregaba la explosión de algún coche bomba, los secuestros y las masacres. Sendero Luminoso asesinó a más de 31.000 personas en esos años.

Entonces la voz de Miguel Humberto Aguirre -Mihua para todo el mundo- acompañaba a los limeños desde los estudios de Radio Programas del Perú. Cuando empezaron los atentados, en RPP compraron urgente dos generadores, uno para el estudio y otro para la antena de transmisión. Así se mantuvo en el aire, y en medio de la inmensa ansiedad, Mihua acompañaba y contenía a los oyentes con simpatía y le quitaba dramatismo al apagón: lo contrario de lo que buscaba Sendero Luminoso. Hoy los limeños reconocen a Mihua cuando habla. Lo he comprobado al acompañarlo en un taxi, andando por la calle o al pedir el menú en un restaurante. Todavía le queda un dejo chileno a este periodista que vive en el Perú desde el 15 de septiembre de 1973. Por casualidad estaba afuera de su país -en Brno, entonces Checoslovaquia- cuando el golpe de Pinochet. Y ya no volvió a su patria hasta el plebiscito que en 1988 le dijo no al general. "No quería pedir permiso para entrar a mi país" se excusa restándose importancia. Entonces ya era tarde para otra mudanza familiar y ya se quedó en el Perú.

La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.

Iberia y Alcazarquivir

José Saramago es un provocador infatigable y entretenido: hasta cara tiene de pícaro. Acaba de profetizar la integración de España y Portugal en una divertida entrevista que publicó Diário de Noticias de Lisboa el pasado 15 de julio. El nuevo país se llamará Iberia, producto de la unión de ambos y no de la anexión de uno por el otro. Madrid, en el centro de la península, seguirá siendo la capital. Portugal mantendrá su independencia cultural, como Cataluña, Galicia o el País Vasco y convivirán juntos en el espacio común europeo. La línea aérea no tendrá que cambiar de nombre y los reyes podrán volver a Estoril. Don José piensa que sería mucho más provechoso para España y Portugal integrar un país fuerte y poderoso, que haga oír su voz y sentir su peso en Europa como Francia o Alemania. Al final, las diferencias son tanto menores que las semejanzas y la unidad geográfica de ambas naciones es incontrastable. Saramago mismo es una muestra de ello: aunque nacido portugués, vive hace catorce años en Lanzarote (Islas Canarias) y su mujer es granadina.

El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.

Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico.

No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.

La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China.

A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.

Piedra fundamental

Con alegría de zapatos nuevos estrenaba mi oficina en pleno centro de Buenos Aires. Llevaba mi computadora y los libros que cabían en mi eterna bolsa negra con letras rojas de Clarín. Quería instalar, con la inocencia de un esquimal, el código genético de mi nueva usina. Por eso llevaba como piedra fundamental mis libros de Marshall McLuhan. Además viajaban en ese bolso Life After Television, de George Gilder, y Mind Grenades, Manifestos from the Future, la estupenda colección de las granadas con que empezaba cada número de la revista Wired en la época de Louis Rossetto y John Plunkett. También La hoja roja, de Delibes que estaba leyendo en esos días y La nueva Edad Media, de Alain Minc que necesitaba para terminar un artículo sobre la primera guerra de la segunda Edad Media para El Universo de Guayaquil.

Dejé el coche en una playa de estacionamiento cercana y caminé hasta Viamonte y San Martín cargado con las dos valijas. Cuando llegué a la puerta del ascensor, no estaba en la planta baja, así que dejé en el suelo el bolso de los libros para llamarlo; la computadora quedó colgando del otro hombro. Una señora bajita y morocha se puso demasiado cerca y empezó a bombear el botón con insistencia, apurada. Quise explicarle que el sistema es eléctrico y no mecánico: el ascensor no sube ni baja a fuerza de golpes de botón… pero la señora desapareció enojada, insultando al loco del botón.

Desapareció con mi bolso negro de letras coloradas, con las obras completas de San Marshall, con la vida después de la televisión y con unas 30 granadas activadas para reventar algún cerebro. Un despistado estaba allí en el momento del atraco, distrayendo al portero con una pregunta pava. "Se fue para allá" me gritó señalando el lado contrario a la fuga. Después me enteré de que era un compinche; siempre es tarde cuando el padre de todos los vivos te explica cómo funciona la picaresca porteña. De paso te aseguran que no se puede andar por las calles de Buenos Aires sin prestar atención a pungas, rateros y descuidistas. Además nunca hay que dejar bolsos y maletas en el suelo y mucho menos cuando se espera el ascensor en el hall de un edificio y hay alguien merodeando... Al final el culpable es uno mismo.

Consuela pensar que la gitana que me robó se quiso cortar las venas cuando abrió el bolso negro y gastado de Clarín lleno de libros en inglés. Enfrente del portal del edificio, cruzando la calle Viamonte, miraba la escena un pordiosero que pide limosna en la verja del monasterio de Santa Catalina. Lleva siempre, como segunda piel, un anorak sucio y raído que un san Martín de saco y corbata le regaló en una fría mañana de invierno; para eso es el patrono de Buenos Aires. En las mangas de la campera, entre hombros y puños, todavía se puede leer en letras romanas de caja alta: UNIVERSIDAD DE NAVARRA.

El borrego de San Juan

Entre las murallas y el mar, expuestos a la rompiente del Atlántico, descansan los muertos del cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis. Los acompañan de cerca los vecinos del barrio La Perla, que duermen vivos al arrullo de las olas, debajo de los bastiones que unen el castillo de San Felipe del Morro con la fortaleza de San Cristóbal. A Juan Ponce de León le pareció rico el puerto que encontró en el norte de la isla de Borinquen en 1508. El Gran Almirante la había llamado San Juan para honrar al Bautista el 19 de noviembre de 1493 pero el tiempo y las personas trocaron los nombres. Ahora el puerto es santo, la isla puerto y todo el mundo cree que San Juan se llama así por Ponce de León, que, por cierto, era tripulante de Colón en aquel viaje, el segundo.


Esos baluartes conocieron aturdidos la guerra entre España y los Estados Unidos en mayo de 1898. Se oye todavía la conversación de los cañones entre el fuerte de San Cristóbal y la flota de acero inoxidable del presidente cazador de osos. No logró don Manuel Macías, el gobernador, asustarlos con una procesión de rogativa, como ahuyentó el obispo a los británicos que invadían la ciudad en 1797: armó a las mujeres y los niños con rosarios, antorchas y simpecados y los enfrentó a la invasión nocturna de guiris blanquitos que escaparon espantados ante lo que suponían un ejército en pie de guerra. Ni se agenciaron la disentería que devolvió al mar a los ingleses en 1598: después de seis semanas de fiebres y diarreas se les escapaban los ojos de la cabeza.

Cavilaba entre esas murallas y ese mar sobre San Juan y los corderos. La ciudad está llena de ellos: de bronce, de mármol, pintados, en el escudo de la ciudad, en la bandera, echados y parados, con banderín y sentados sobre siete sellos. Grandes y chiquitos: los de la plaza del Quinto Centenario son por lo menos borregos. Si el Cordero de Dios es Jesucristo y no San Juan, el cordero representaría al Salvador y no al Precursor, por más que haya sido el Bautista el que señaló al Cordero de Dios. No lo logré dilucidar esos días por mucho que me rompía la cabeza y sigo sin entender porqué representan a San Juan con un cordero que es símbolo del Cordero de Dios, que no es San Juan.

Andaba en estos pensamientos inútiles por la calle de San Miguel, en la tierra de nadie entre el barrio La Perla y el cementerio, cuando un topetón descomunal me pegó en la espalda y me tiró al suelo de bruces. Doblado y dolorido en el pavimento vi horrorizado un carnero bastante grande que se preparaba para otra embestida. Me levanté como pude, corrí hacia el muro del cementerio, que en ese lugar forma una esquina, y lo salté como un torero. Me quedé entre los muertos un buen rato mientras sopesaba mis magullones y espiaba al carnero por encima de la pared. Volví maltrecho al hotel cuando la pista quedó libre del borrego. Todavía me pregunto cómo se entrometió en mis enredos semiológicos.

Meninos de rua

En la Praça da Sé de San Pablo siempre hay un predicador anunciando desgracias a voz en cuello con un corro bien redondo que repite las últimas palabras de cada frase como un eco y las sella con aleluyas y amenes. El conselheiro se abanica con una Biblia flexible de tapas negras y cantos colorados y bascula entre pierna y pierna al son de sus propias palabras. Algunos transeúntes se acercan a curiosear, más por el tiempo que les sobra que por sus convicciones. Abundan también en la plaza los saltimbanquis, los vendedores de pão de queijo y de tarjetas telefónicas. Allí pasan la vida unos cuantos linyeras entreverados con los viandantes apurados y con los que no tienen nada que hacer. Homeless no son, porque llevan su casa a cuestas, como los caracoles, en carritos de un supermercado global. Las bocas del metro vomitan riadas de pasajeros a cada largísimo tren que llega a la estación Sé, en los estómagos de la plaza. El retablo de estas maravillas es la fachada de la catedral de San Pablo, gótica del siglo XX, con cúpula florentina, enclavada en el antiguo centro de la ciudad. Por allí trajinan millones de paulistanos: la sustancia misma de una de las ciudades más grandes y fascinantes del planeta.

Se nos ocurrió hacer un ejercicio práctico de fotoperiodismo sobre la Praça da Sé cuando daba clases en el Master de Periodismo del Centro de Extensão Universitária. La gracia estaba en que los alumnos no eran fotógrafos sino editores de periódicos y revistas del Brasil, pero se trataba de probarlos en sus habilidades para contar historias son imágenes: elegirlas, editarlas, cortarlas sin piedad y agrandarlas sin vergüenza. Cada uno debía presentar su reportaje fotográfico, así que una mañana nos fuimos con nuestras máquinas de fotos hasta la Sé. Fuimos caminando a la vera del barrio japonés y de la iglesia de San Gonzalo García, el mártir de Nagasaki que murió asaetado en una cruz de San Andrés después que le cortaran la oreja izquierda, a él y a otros 25 compañeros.


Mientras mis alumnos periodistas deambulaban por historias por las cinco hectáreas de la plaza, me puse a buscar también la mía; evitaba que me vieran para que no se copiaran. Unos meninos descansaban de la canícula de San Pablo jugando con agua en las piletas y cascadas rectangulares de la plaza. Era su Disneylandia en pleno centro de San Pablo. Cuando percibieron mi interés en sus diabluras las multiplicaron con una picardía insólita. Se pusieron a jugar en las escaleras mecánicas de la estación del metro: subían o bajaban a contraola, o hacían equilibrio en las barandas de caucho. Hasta que a uno se le ocurrió apretar el botón rojo de emergencia en plena estampida de pasajeros que subían desde las entrañas del metro. La escalera se paró en seco como un dibujo animado de Tom y Jerry. La bronca descomunal de los viandantes, que salían atropellados de las escaleras muertas provocó la intervención de la implacable policía Militar de San Pablo. De paso, algún alcahuete le contó a un oficial vestido de astronauta que yo estaba haciendo fotos de los meninos, mientras me señalaba con el dedo. Me salvaron de ir preso mis alumnos brasileños que aparecieron a tiempo ante el estropicio en las bocas del metro. Ellos explicaron lo que los policías no podían creer.

Riña de gallos

En mi país están prohibidas las corridas de toros, pero para salvar al toro, que no al torero. También vedaron las peleas de gallos, dicen que no es por los animales ni por la violencia (ni más ni menos que una pelea de box). Parece que en los reñideros se armaban unas bataholas descomunales por culpa del aguardiente: hubieran prohibido el alcohol... Pero hay peleas magníficas en pueblos y ciudades del interior, con el vértigo de lo prohibido. Los galleros son el comisario, el juez y el cura. Un mendocino, entonces ministro de Educación de la Nación, fue el primero que me habló de su afición prohibida por los gallos de pelea. Pero recién en la costa del Ecuador vi por primera vez cómo dos gallos se matan a patadas y picotazos. De estos gallos viene el dicho “este es mi pollo” que usamos en América cuando estamos orgullos de un candidato a lo que sea y que se nos complica en España cuando se trata de una mujer.

Son razas originarias de Sumatra y de Calcuta. Pollones que parecen faisanes, elegantes y gallardos. Se vuelven temibles cuando suponen que el de enfrente les ha robado su gallina, o les veda el camino al gallinero. Por eso los tienen a palo seco, enjaulados, hasta que se ponen bien ariscos de tanto esperar. En ese tiempo el gallero les da de comer ración de batalla, les despluma muslos y patas, les recorta la cresta y los entrena en el arte de la guerra. Los gallos veteranos tienen cicatrices y mataduras para regalar. Entendí entonces porqué se oye cacarear casi en el centro de Guayaquil: los crían hasta en los pisos y terrazas de los rascacielos.

En el diario me enteré que había riña en un galpón de Mapasingue Este, abajo del cerro y cerca de la vía a Daule. Costó encontrarlo porque no tenía ningún cartel, pero preguntando se llega al fin del mundo. Además alteraba la siesta la bulla de los apostadores que rebalsaba por encima del muro junto con el olor de la fritanga.

Los galleros son gritones y las galleras son los reñideros, legales y públicos en esta parte del planeta. Se paga entrada, aunque sean galpones desbaratados y mugrientos. Los palenques empiezan al mediodía de los domingos y se gastan la tarde entre gritos, cacareos y sollozos. Jugaban unos pocos dólares en una apuesta que se desempareja con la pelea y con los aullidos y abucheos. Se apuesta de palabra y se paga al terminar, de memoria. Ahí empieza la pelea entre galleros.

Les atan una espina de pescado en las patas, sobre el dedo de atrás, como una espuela; en otros lugares usan espolones de acero. El color de la cinta adhesiva con la que pegan la púa los distingue para las apuestas. Los azuzan un poco, les soplan aliento de aguardiente y los largan al ruedo bastante escupidos. Después de meses encerrados en una jaula, sin ver una gallina ni de lejos, se matan porque creen que la culpa es del otro. Son dos boxeadores mancos que se destruyen a picotazos y patadas voladoras en un ruedo de tres o cuatro metros de diámetro. Espeluznan las plumas del cuello y se miran con un odio que asusta. Vuelan para hincarle la espuela en el lomo al contrario. Si lo consiguen es un golpe mortal. Entre picotazos, cacareos y desplumes se pasa la pelea. Pierde el que muere, o queda inválido. El patrón del perdedor se lleva entre gruñidos los restos doloridos y convulsos de su pollo, que mueve las alas con espasmos para mostrar que está vivo.

El gallo ganador no sabe si sigue en este mundo o pasó a mejor vida porque su dueño lo levanta y lo abraza como los jugadores de fútbol después de un gol. Grita y lo besa y acaricia en lugar de llevarlo de una vez al gallinero o al hospital. Al final tiene su premio y vuelve a ser el amo del mundo, rodeado de su harén de gallinas pechugonas... pero por poco tiempo, hasta que se prepare la próxima pelea en la que volverá a matar o morir para la gloria o el escarnio de su señor.

Air Madrid

Gasté dos días enteros en un seminario en Madrid. ¿En Madrid? Bueno, en el hotel Auditórium, en la carretera de Aragón, camino de Alcalá y pasado el aeropuerto de Barajas. Lejos de todo y cerca de nada. El hotel es una prisión para congresistas, con wifi débil, abundante catering y bastante mal gusto. Pero eso no era nada en comparación con otra realidad patente y dramática que convivía con nosotros en el presidio. Los seminaristas, casi todos nórdicos y eslavos, se perdían entre una multitud de iberoamericanos que invadían la cárcel de cinco estrellas: miles, sin exagerar, por todos lados, deambulaban por corredores y salones como zombies de una era desconocida. Formaban colas para entrar y salir, para comer y para subir al ascensor. Los descargaban de autobuses y los llamaban por número de vuelo. Salían esperanzados al aeropuerto, pero al rato volvían descorazonados a hacer otra vez la cola en el mostrador del conserje. Eran náufragos de Air Madrid. Huérfanos mansos del overbooking y la estafa. Ni un grito, ni un enojo. Es la resignación sabia de los pobres: cuando no se gana nada con protestar no hay ninguna necesidad de enojarse. Será por eso que nos asombra que en España usen la bocina del coche para insultar.


Air Madrid todavía volaba, pero ya estaba en las últimas. Dejó 100.000 pasajeros varados, casi todos latinoamericanos que solo podían viajar en una línea de bajo costo. No van a España a disfrutar de los museos ni de la buena mesa. Van a ver a sus maridos, mujeres e hijos, o a intentar quedarse para siempre. Las desigualdades y la escasez de nacimientos producen el flujo imparable. La primera vez que viajé a España los coches eran todos iguales, feos y grises; el papel higiénico raspaba, se tiraba la cadena y el teléfono tenía disco. Franco mandaba como un príncipe del Renacimiento, con guardia mora y palio en las procesiones. Los españoles todavía se escapaban, cuando podían, a los horizontes eternos de América. Joaquina, la mucama de mi infancia en Buenos Aires, era española. En 30 años todo cambió y en otros 30 volverá a cambiar. Ahora los argentinos, retobados en su patria, son serviciales en los bares de Madrid y Barcelona. Hay un hueco que llenar en lo más bajo de la pirámide y no hay dique que pueda contenerlo.

En el viaje de vuelta me tocó un lugar en el fondo del jumbo, solo en la fila de cuatro asientos: iba a viajar mejor que un duque en primera clase. Cuando estaba todo el mundo en su sitio, el avión se llenó de ansiedad: pasaron unos 15 minutos de silencio hasta que se abrió le puerta de atrás. Con el aire fresco del otoño madrileño entró una fila de bolivianos que ocupó los asientos libres y mi suite imperial de cuatro plazas. Eran deportados. Se los veía tranquilos y contentos: habían agotado su sueño europeo, pero volvían con pasaje gratis a sus casas y a su tierra. En Buenos Aires los acorralaron y metieron en otro avión que seguía viaje a Santa Cruz de la Sierra.

Pensé con pena en los españoles del presente, los que deportan su pasado y su futuro porque prefieren un presente sin remordimientos. Quién los cuidará cuando estén mayores. Quién paseará a los niños y les enseñará a rezar, como hacía Joaquina con nosotros. Quién les cantará canciones y les contará historias. Quién les alegrará la vida con su música y sus bailes. Quién los despertará un día del tedio del bienestar con el ritmo loco de la salsa, el tango y la marimba. Quién jugará al fútbol por ellos en el Barça, del Valencia o el Real Madrid. Quién ganará sus medallas y besará llorando sus trofeos. Quién los servirá en los restaurantes. Quién los recibirá en el portal de su casa con una sonrisa cuando llegan del trabajo o del guateque. Quién criará su ganado, trabajará su tierra, se llevará su basura, limpiará sus miasmas, hará los mandados, irá a la guerra. Quién morirá por ellos en el estacionamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.

El tercer hombre

Ramiro Tamayo era un boliviano de cara filosa y fiebre en los ojos. Algo le debía digerir la comida, que no su estómago. Un día murió de esa comezón. Me lo explicó llorando su mujer cuando recibió otra carta mía dirigida a su marido muerto y enterrado. Ramiro podía ser mi padre y lo había conocido por alguna recomendación familiar. Era un fabricante de candidatos. Un inventor de políticos, pero no de esos que venden humo. En su currículum tenía campañas en Wisconsin o Peoria, en Hermosillo y El Salvador. En Bahía y Santa Cruz de la Sierra. Había fabricado alcaldes, intendentes, gobernadores y prefectos. Nunca un presidente.

Cada vez que nos veíamos intentaba convencerme de dos cosas: las bondades de la proyección de Arno Peters y la teoría del Tercer Hombre. Peters es el inventor de una proyección plana y rectangular del globo terráqueo tan ajustada a las reales superficies, que los continentes parecen deudos del conde de Orgaz. La proyección de Mercator no se anda con sutilezas de tamaños y se adapta sin problemas al modelo documental, rectangular, de nuestros atlas, libros y periódicos: basta con saber que reproduce una esfera, aunque con distorsiones. Solo es proporcional a la tierra el globo terráqueo, pero es incómodo de llevar en la valija. A eso ya lo sabían los griegos, un califa de Bagdad de la época de Carlomagno y el Gran Almirante antes de lo del huevo.

Lo del Tercer Hombre era mucho más interesante. Ramiro buscaba a su primer presidente en la Argentina. Un hombre -varón o mujer- que no fuera de la derecha ni de la izquierda ni del centro. No andaba atrás del oficialista ni del opositor ni del tránsfuga. Era todo lo contrario, pero al explicarlo se le salían los ojos del cráneo y no conseguía terminar las frases. El tercer hombre salvaría nuestra tierra de la tiranía del primero y el segundo. Es el que puede terminar con 200 ó 500 años de reparto injusto entre dos facciones distintas pero iguales. Solía hablarme de un hombre real, con nombre y apellido, pero todavía no me atrevo ni a recordarlo, por las dudas. La muerte voraz que llevaba adentro lo encontró antes a él en Buenos Aires.

Cada vez que aparece un nuevo candidato en cualquier municipio, provincia o nación, me pregunto si no será ése el tercer hombre de Ramiro, pero tardo apenas dos días para encasillarlo donde los de siempre. Me entusiasmaba con los candidatos venidos de las artes, del deporte, de la moda, del cine y hasta de los periódicos, y soñaba con conocer por fin al Hombre, pero siempre terminé defraudado. Lo imaginaba corriendo como Forrest Gump por la ruta 9, desde La Quiaca a Buenos Aires para terminar con la corrupción y los desencuentros de la Argentina. Alguien que limpiara al país de la mordida, la coima, el arreglo y los aprietes. Demasiado le estaba pidiendo a mi tercer hombre…

Pero el año pasado por fin apareció un tercer hombre en la Tierra sin Mal, como llamaban los guaraníes a su paraíso vegetal. Joaquín Piña tiene 76 años y es de Sabadell, aunque vive en las antiguas Misiones del Guayrá hace más de 50 años. Don Joaquín no es héroe ni prócer. Es bueno como el pan y transparente como el agua. Con ese equipaje se atrevió a enfrentar el poder despótico de un gobernador mesiánico que se creía invencible. Lo derrotó en camiseta y alpargatas, como David a Goliat, y se volvió a su casa. Ahora estoy convencido: los déspotas de este mundo tienen los pies de barro: se los tumba con la audacia y la valentía de los inocentes.

Elecciones

El calor atolondraba aquel domingo de octubre en Posadas. Pasé la mañana buscando al jefe de la sección política del diario por los hospitales de la ciudad. Casi lo alcanzo en el Madariaga, pero cuando entré en la guardia de emergencias me dijo un policía que se había ido hacía cinco minutos. “¿Cómo estaba?” Le pregunté. “Vomitaba sangre”, me contestó. Salí sin rumbo, como para encontrarlo por casualidad. Otro periodista lo acompañaba desde que un guardaespaldas del gobernador le reventó la barriga de una trompada para abrirse paso hacia el colegio donde votaba. Lo llamé. “¿A dónde van?” le pregunté. “Al diario” me contestó Martín como si fuera lo más natural, y siguió: “Después de vomitar, Fernando se siente mejor”. “Dame con él” le obligué. “¡Estás loco! Te vas ya mismo a un hospital, al que más te guste”. Me explicó tosiendo que estaba bien y que no se había anotado en esta pelea para verla desde una cama. Días después el gobernador acusó a los periodistas de no dejarle ejercer sus derechos. Se plebiscitaba un cambio en la constitución para permitir la reelección eterna del Supremo y el Hombre estaba dispuesto a ganar como fuera. Todos estaban a su favor: jueces, intendentes, legisladores, ministros. Todos, menos el pueblo. Solo nuestra encuesta lo daba perdedor, las demás estaban compradas por el gobierno.

En la semana habíamos encontrado 31.000 documentos sin entregar en el Registro Provincial de las Personas; casi el diez por ciento de los que irían a las urnas. En la Argentina es obligación sacar ese documento a los 18 años. Ante los reclamos de los ciudadanos, explicaban que no habían llegado todavía de Buenos Aires. Pero no era así: durante más de 24 meses los acumularon en esa dependencia para una ocasión como esta. Estaban terminados y listos para entregar a sus dueños: solo les faltaba la foto, que lleva el interesado y se sella con una hoja autoadhesiva transparente en el momento de la entrega. Los punteros políticos pagan hasta 150 pesos por cada voto a jóvenes necesitados de dinero. Con diez fotos, cualquiera que cuadre con la edad y el sexo del documento, puede votar todas las veces que pueda y sumar un buen sueldo; después los queman. Será para permitir el fraude que los argentinos llevamos un documento que parece el salvoconducto del Doctor Zhivago. No hay voto electrónico, no se entinta el dedo de los votantes y está prohibido difundir encuestas a boca de urna hasta dos horas después de cerrados los comicios.

Almorzamos tarde y con buen vino, también prohibido en las fechas electorales. Como nuestros teléfonos estaban “pinchados”, se nos ocurrió llamarnos entre morcilla y matambre para filtrar las cifras de la encuesta de boca de urna al servicio de inteligencia del estado: la diferencia era de catorce puntos a pesar del fraude, mermado por las denuncias del diario.

Cuando terminó la votación, el Tribunal Electoral, presidido por una amiga del gobernador, empezó a difundir solo las mesas en las que había ganado el gobierno. Temíamos graves incidentes si intentaban robar la elección en el conteo, hasta que un llamado del ministerio del interior alertó al gobernador desde Buenos Aires: “Sabemos que perdés por catorce puntos. Cualquier disturbio será tu responsabilidad y te vamos a intervenir la provincia”. Lo contó inocente un periodista-espía del gobierno nacional para adjudicarse la primicia. Las causas justas siempre se ganan, pero mejor es ganarlas en serio.

Iruña del Paraguay

Ciudad del Este es uno de los enclaves más fascinantes del Nuevo Mundo. Se puede comprar todo, pero no es un modo de decir ni una exageración, es la versión más cabal de la abundancia. Los suspicaces de siempre mascullan que también se venden katiushkas y que es un dormitorio de las temibles células de Hezbolá. En Brasil hay tres veces más libaneses que en el Líbano y a nadie debería asombrar que los fenicios compren y vendan en este mercado superlativo. Los precios son los más bajos del mundo, alentados por una floreciente industria de la falsificación y por la ley que permite importar al Brasil 250 dólares por cada persona que cruza la frontera por el río Paraná. Así fue que un día me topé sobre el Puente de la Amistad con un ejército de sacoleiros en fila india: cada uno llevaba rodando un neumático Michelin. Era una importación lisa y llana de cubiertas, pero sin pagar impuestos: contrabando hormiga.



Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.

Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.

Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de un español apellidado Peralta y que Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal. Los demás habitantes eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.

Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.

Pedro Claver

Buscaba una misa ese domingo bajo el sol sin tregua de Cartagena de Indias. Caminaba despacio –como aprendí en Guayaquil– para no agregar el calor del cuerpo al que viene sin llamarlo. La encontré justo a las 11 en la iglesia de San Pedro; la suerte te toca cuando vas con buenas intenciones.


Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.

Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.

El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.

Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.

Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.

La casa de los Duarte

A las tres de la madrugada Luchín Duarte se moría de hambre. Prendió fuego en su parrilla con un poco de carbón y asó un costillar que comimos una hora después. No recuerdo que día fue, pero pudo ser ayer.

Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.

En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.

En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.

Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.



En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.

En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.

Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre Beatriz jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre de pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.

Arroyo Castellanos

Como no cabíamos en la DKW de los Ponce viajamos en tren con Carlos Arturo en diciembre del 65. Creo que fue el viaje en se perdió Isabel: cuando estaban por llegar a Salta Beatriz preguntó extrañada porqué estaba tan callada; no estaba en el Autounión (viajaba en el fondo, con las valijas y solía hablar todo el tiempo). Se la habían olvidado en una estación de servicio de Tucumán. La encontraron feliz de la vida en la casa de una señora que se la pensaba quedar. En lugar de Tucumán Isabel decía Micumán, con lógica perfecta y derecho adquirido.

Pasé la Navidad en Salta. Beatriz nos predicó una noche a un montón de chicos en el jardín de una casa y comprábamos regalos en la boutique de su hermana Marisa. En la falda del cerro San Bernardo había una gran bandera argentina dibujada con piedras pintadas de blanco y azul. Arriba decía BIENVENIDO y abajo CNEL LEAL. Jorge Leal fue el primer argentino que alcanzó el polo sur el 10 de diciembre del 65 y fue recibido como un héroe por su ciudad natal. Para el desfile del 20 de febrero vino el presidente Illia, así que, rearmaron las piedras de abajo para dibujar la palabra PRESIDENTE.

En enero nos instalamos en San Lorenzo. Habían alquilado la casa de los Figueroa, sobre la ruta, en el kilómetro 11. En febrero se cambiaban con los Peltzer pero yo ya estaba ahí. Los fondos de la casa llegaban hasta el río San Lorenzo en dos potreros sucesivos donde pastaban los caballos. Los Ponce se llevaron los que habían alquilado y llegaron para nosotros de El Bordo de las Lanzas un alazán viejo y huesudo como Rocinante, que eligió Enrique, y un pinto petiso y gordinflón para mí. Tenía buen humor y galope ligero y papá decía que se parecía al caballo de Perón. Todos los días a la tarde salíamos a cabalgar con unos 200 jinetes que se iban juntando por algún lugar de San Lorenzo. A la tardecita el sol nos iluminaba recortados en la cresta de la loma Balcón, del otro lado del río.



No era ni adolescente cuando me sumergí en la precocidad de los salteños que a esa edad ya festejaban entre chicos y chicas. Daba vértigo, pero había que declararse a una niña: andar juntos, saberse gustado y mirado en las cabalgatas, en la pileta o en la misa del domingo. Ante mi demora por lo que ya todo el mundo había decidido, Agustina Escalada, nuestra vecina del otro lado de la calle, contestó mi nombre cuando le preguntaron, a propósito y en mi presencia, de quién gustaba. Como estaba en la pileta, se metió abajo del agua de la vergüenza que le dio.

Un día fuimos al río Vaqueros con Ramiro Peñalba, un tío de Carlos Arturo. Nos enseñó a asar en cancana; unos palitos pelados donde se ensarta la carne. Ramiro era un poeta convencido y apasionado que trabajaba en el diario El Tribuno. Murió hace unos cuatro años. En un momento agarró un panadero y nos preguntó si sabíamos cómo se llamaba: “Panadero”, contestamos. “No. Se llama ‘palabra de hombre’, porque vuela”. Lo sopló y salieron volando las mil semillas con sus penachitos de algodón.

Habrá sido por intentar nuestra propia cancana que un día nos fuimos a caballo al arroyo Castellanos. Teníamos once años Julio Lascano, Carlos Arturo y yo; Cristóbal Ponce no debía llegar a los nueve. Son unos cuatro kilómetros desde San Lorenzo. Era un día bueno, pero con nubes negras del lado de los cerros. El camino pasaba entre casas grandes y lejanas que mirábamos en la cima de una loma o del lado del valle. El camino se angosta cuando deja el principal al borde del Vaqueros y cruza el Castellanos hacia Lesser y los Yacones por un puente que hace pie en el medio del río. Desensillamos y nos instalamos en la orilla donde hicimos un fuego y preparamos las cancanas. Cristóbal se entretenía con la monserga milenaria de mover piedras para hacer nuestro propio dique. En los cerros empezó a tronar.

Al poco tiempo el río se puso oscuro. Cuando nos alcanzó la lluvia nos dimos cuenta de que también subía. Nos refugiamos abajo del puente, en la isla donde se apoya el pilar que lo sostiene al medio. Desde ahí vimos cómo el agua apagó el fuego y se llevó las cancanas, pero también descubrimos las monturas mojándose del otro lado del arroyo. Logramos traerlas y nos pusimos a ensillar. Olía a tierra, a churqui mojado y a caballo nervioso. Al poco tiempo los truenos salían de adentro del raudal y el abrigo se convirtió en trampa: había que salir rajando si queríamos escapar de la furia de la crecida, pero los caballos no querían dejar la isla ni a palos. Nos zambullimos en el torrente asustando a los caballos más que el agua embravecida con nuestros gritos, azotes y aspavientos de mocosos. Las piedras pegaban en los garrones de los caballos que trastabillaban y escarbaban buscando dónde apoyar sus cascos. El mío cabeceaba nervioso y abría grande los ojos cuando el raudal le llegó a la barriga. La correntada se llevó mis alpargatas y perdí los estribos. Atrás Cristóbal todavía luchaba sin fuerzas con su caballo empacado en la orilla. El agua desmadrada se lo llevaría sin remedio, así que volvimos con Carlos Arturo –que para eso es su hermano mayor– y lo trajimos agarrando las riendas por debajo del freno. Cuando subimos la barranca de la orilla casi me caigo por la cola a la correntada. Miramos para atrás y el agua había tapado la isla. Cuenta Carlos Arturo que una pared de agua bajó arrasando todo: yo no la vi.

Volvimos al paso, reponiéndonos del susto. En el camino escampó, se fueron las nubes, y nos secamos al sol mirando el arco iris que se levantó sobre San Lorenzo.

Humahuaca

La boletera me advirtió al sacar la entrada que no encontraría momias en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Los parientes de los indiecitos enterrados en la cima de los nevados están furiosos con los profanadores de tumbas. El museo cobraba por exhibir a sus antepasados en heladeras de cristal. Antes ablandaba a los visitantes con un video a toda pared donde enseñan cómo los científicos llegaron a la cima del volcán Llullaillaco y arrancaron de la montaña a tres niños enterrados hace 500 años a 6.700 metros de altura.

Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.

Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.

Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.


El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.

Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.

Los ladrones más buenos del mundo

Creía que los policías eran barrigones con bigote que dirigen el tránsito fumando. Pero a mediados de enero cambié de opinión. En pleno verano manejaba tranquilo por una calle de Acassuso cuando me topé con un móvil de la policía. Se bajaron dos agentes y me encañonaron. ¡Bájese!, me gritaron histéricos, y me bajé. ¡Váyase! Me volvieron a increpar en lugar de matarme.

Me rodeó una riada ululante de patrulleros. Frenaban chirriando las ruedas. Se bajaban policías a los gritos, armados hasta los dientes; ninguno cerraba las puertas. Mi auto azul quedó desamparado en la puerta de un banco que estaban asaltando. Una alarma alertó a la policía que rodeó la zona en el preciso instante en que yo pasaba por allí. Los cinco ladrones decidieron atrincherarse con nueve clientes y siete empleados como rehenes. El cordón se organizó en seguida.

Al rato entró en el cerco un señor calvo y elegante como Indro Montanelli. Un corro de jefes se movía despacio en conversaciones intermitentes. El calvo entraba y salía para hablar en privado o por teléfono. Más tarde llegó un oficial de uniforme impecable, con dorados y charreteras; parecía el general San Martín. Se veía que era el mandamás, y estaba más tranquilo que el calvo. Detrás del cordón de la policía tomaron posición un millón de movileros. Cada tanto el cordón se cerraba pero los gordos fumadores los ponía en su sitio, a 300 metros del banco.

Los atracadores soltaron en seguida al custodio del banco, que salió con las manos en la nuca y su arma en la cartuchera: eran hombres de bien. Cuando el cerco estuvo seguro, empezaron los parlamentos entre un negociador oficial y el vocero de los ladrones. A las 5 de la tarde pidieron comida y les acercaron pizzas y cocacolas. A las 6 se cortó toda respuesta desde el banco. A las 7 llegaron los GOE y se metieron por las bravas en el local. No hubo ni un disparo. Salieron los rehenes en fila india.

A las 8 un grupo de bomberos intentaba abrir la tapa de una alcantarilla. Los ladrones más buenos del mundo se habían escapado de un cerco de mil policías barrigudos, del mismísimo San Martín, de Montanelli, de los GOE y de los bomberos, por un túnel que comunica el tesoro con un desagüe pluvial. Se llevaron en un gomón dinero contante y sonante y joyas que los clientes guardaban en 147 cajas de seguridad: los argentinos no depositan la plata en cuentas corrientes porque cada tanto el gobierno se la roba por decreto.

A las 9 anochecía. Apareció la brigada de explosivos con cascos y escudos de legionarios romanos. Hicieron explotar dos granadas que los premios Nobel del Atraco habían dejado en el boquete por el que escaparon. A las 10, cuando bajó la polvareda de las explosiones, entró la policía científica, con guantes blancos y maletines negros. A las 11 San Martín me preguntó qué hacía en medio del operativo. “Espero mi auto”, le contesté señalándolo. “Por ahora no nos podemos acercar ni nosotros” me contestó muy amable. Le pregunté si podía quedarme. “Siempre que no sea periodista” me advirtió riendo. Le revelé la verdad, pero ya no hizo caso: todos los diarios del país estaban titulando en sus portadas el papelón de la policía.

A las 2 de la mañana recuperé mi auto en perfectas condiciones: había dejado el techo abierto, dos Nikon del diario y hasta dinero suelto. A los quince días cayó uno de los ladrones por cambiar de novia. Al mes y medio tenían a Dimas, el jefe de la banda. Las joyas y los billetes son otro cantar.

En la América mestiza, como en el Calvario, el bien y el mal están entreverados.

Aleijadinho

En el Nuevo Mundo el oro provoca una enfermedad hereditaria: castellanos y portugueses vinieron tan atraídos por los metales que prefirieron morir de hambre antes de cultivar la tierra con sus propias manos. Cuando terminaba el siglo XVII unos bandeirantes paulistas exploraban el sertão del río San Francisco a la caza de esmeraldas, cuando al buscar agua para beber, encontraron unos granitos negros que escondían oro de gran calidad. Como siempre, la gripe del oro contagió la turba de mineros y dio origen a la Vila Rica de Albuquerque que hoy es Ouro Preto, la ciudad más barroca del mundo.



Por el remordimiento de los bandeirantes –que cazaban a los indios para sus encomiendas– solo los capellanes amigos podían adentrarse en el Brasil, así que no hay fundaciones de órdenes ni congregaciones en la ciudad; pero sí terceras órdenes y cofradías. Agrupados entre ellos o por cuenta propia, los mineros construyeron y dotaron capillas y ermitas en agradecimiento al santo preferido, por cada veta o pepita descubierta.

De lejos la villa parece un nacimiento de canto, cal y tejas sembrado de iglesitas. La matriz del Pilar, en lo más bajo del barrio alto, es una ópera rodeada de palcos dorados y luces de cristal. La parroquia del otro barrio, de Antônio Dias, es la Concepción, también teatral y radiante. Con el santuario del Bom Jesus de Congonhas, son 22 iglesias, sin contar ermitas, oratorios, fuentes, palacios... En la del Carmen, azul y terracota, los días de fiesta acicalan con ángeles de carne y hueso las hornacinas de su retablo: desde allí cantan a la Virgen meninas de túnica blanca y alas emplumadas. Ellas no pierden el resuello cuando suben y bajan las cuestas interminables de la villa. Tampoco los estudiantes de la Escuela de Minas que van y vienen de sus repúblicas.

Entre ellos deambula la sombra contrahecha de O Aleijadinho. Antonio Francisco Lisboa murió allí mismo en 1814. Era mulato, hijo de una esclava de su padre. Desde los 35 años, Lisboa comenzó jorobarse. Mientras la giba crecía, se le atrofiaban los dedos de las manos y los pies; alguno se lo cortó de un saque –un martillazo en unas tijeras– para suprimir el dolor. También perdía la vista, y el carácter se le aturdía. No se andaba la gente con líos de corrección política, así que, como era lisiado y petiso, le llamaban el Lisiadito. Aunque la parálisis le carcomía el cuerpo, siguió tallando la piedra y la madera. Los santos le salían cortos de brazos y culibajos, con un vértigo sagrado y apocalíptico. Con ojos achinados pasman hoy a los turistas de plástico desde los pedestales de Ouro